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miércoles, 30 de marzo de 2016
martes, 8 de marzo de 2016
#12 El duelo
Con esta entrada os muestro una parte más oscura porque
voy a hablar sobre la etapa que pasamos
todos los enfermos crónicos cuando nos toca asimilar que nuestra vida nunca
volverá a ser la misma. Casi todo el mundo asocia este término con el proceso
que se vive tras la muerte de un ser querido, pero también evoca al momento en que decimos adiós a las
personas que éramos antes para aceptar a las personas que somos ahora. Este proceso es el duelo, una auténtico enfrentamiento donde emociones de todo tipo florecen y marcan un antes y un después en nuestras vidas.
Hubo un antiguo yo del que quiero hablaros, era una joven muy activa,
incapaz de estarse quieta, con ganas de comerse el mundo y acostumbrada a hacer
mil cosas a la vez. Si, esa chica estaba enferma, pero todavía no había llegado
al punto de no retorno al que llegó, y pese a las continuas idas y venidas a
médicos y salas de urgencias, se negaba a sucumbir ante el “fantasma” que se
apoderaba de su ser. Esa joven que con
alegría se enfundaba el chándal para ir al gimnasio, comenzó a derrumbarse,
siendo incapaz de asimilar que su cuerpo
llevaba mucho tiempo gritando basta, hasta que reventó. Y qué manera de reventar
amigos, fue como un volcán. De repente el mundo se paró y esa chica con él,
entrando en estado de shock.
Al principio, ese yo no quería ver la realidad, pensaba que todo se
trataba de un mal pasajero. Y así, contando los días, pensaba que todo era una
mala racha que tenía que terminar. Los días se convirtieron en semanas, y las
semanas meses. Poco quedaba ya de ese yo independiente, ahora era una persona
que no podía salir de casa y apenas andar. Mientras el mundo de la joven
asustada se desmoronaba, intentaba coger
los añicos que iban cayendo de aquella ruina para volver a reconstruirlo, pero
cuando a la tierra se la lleva el viento, poco o nada se puede hacer por
intentarlo.
Un día, esa chica reaccionó y supo que tenía
que despedirse de ese yo que agonizaba y empezar a construir uno nuevo, comenzó
su etapa de duelo.
El duelo fue muy doloroso. Tenía que dejar
atrás cosas que amaba y aceptar que pudiera ser que no volvieran, algunas
irremediablemente. Era muy difícil decir adiós a cosas que le habían alimentado
día tras día. Cuando la joven fue a vaciar su taquilla del gimnasio, tras meses
pagando la cuota sin ir, supuso aceptar que el primer hoyo estaba cavado y
enterrado, y todas aquellas cosas se quedaron en un viejo cajón del olvido, sepultadas
esperando un milagro.
Peor fue enterrar la vida laboral que tantas
satisfacciones le había dado, la joven veía como de sus manos se escurrían
aquellos sueños conseguidos que con tanto esfuerzo había alcanzado. ¿Por qué
demonios había que sepultarlos tan pronto? Era incomprensible.
La autoestima es algo que se suele dañar
seriamente durante el duelo. La gente cambió alrededor de esa chica que ya no
era tan divertida y la mayor parte del tiempo mostraba preocupación. Los amigos
comenzaron a alejarse, aunque algunos se quedaron, solo los que de verdad la
querían. La joven viéndose incapaz de llevar una vida normal, fuera de toda esa
oscuridad, tuvo momentos de sentirse desechada por todos.
El duelo nunca deja de sangrar pero se
acepta, y recogiendo todas esas cenizas se comienza a construir un nuevo yo, y
lo sorprendente es que esa nueva persona es mejor que la anterior. Esa chica ya
no puede practicar deporte, pero cada paso que da por si sola supone un triunfo
inmensamente mayor que cualquier meta antes conseguida. Esa joven ya no sale de
fiesta, pero ha aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas de tal manera, que
solo sentir el sol en su piel despierta más emociones que cualquier festival en
el que hubiese estado. Ella ahora es capaz de llegar donde nunca imaginó porque
su determinación es clara y sus motivos para luchar muchos, y no lo hace sola.
Ahora se rodea de gente que ha pasado sus propios duelos y ayuda a los que lo
están viviendo, y cuenta con amigos que estando enfermos o no, la quieren y la
acompañan en la dura travesía que le ha tocado enfrentar.
Hay personas que pasan el duelo y ganan el
mejor premio, la resiliencia, que es la capacidad de recuperarse frente a la
adversidad para seguir proyectando el futuro con mayor fuerza. Esta joven, que
no es otra que yo misma, cree que la ha ganado. Tras mi tiempo de duelo
riguroso, resurgí como una versión mejor de mí misma, con todas mis
limitaciones y defectos, adaptándome continuamente a la realidad que me va
poniendo obstáculos, sorteándolos con positividad, aunque a veces se torna
difícil.
Otros enfermos pasan años en duelo o nunca
llegan a superarlo, se aferran a su otro yo y no quieren soltarlo. Esas
personas necesitan mucha ayuda profesional y cariño de su entorno. No afrontar
la realidad hace que se encierren en una burbuja que a veces no dejan
traspasar. Si estáis en esa burbuja, ¡ romperla ¡ porque la vida sigue siendo
maravillosa y solo tenemos una oportunidad para conocerla. Por mucho que
hayamos cambiado por culpa de la enfermedad, tenemos que exprimir lo que se nos
ha dado adaptándonos a nuestras circunstancias.
Nunca dejéis de creer en vosotros por muy fea
que se vea la realidad, porque aunque esta no sea fácil, el duelo pasa, y
aunque a veces resurge, aprendes a cavar otro hoyo más rápidamente y a adaptarte
a tus nuevas circunstancias.
Termino cediéndoos el turno para que habléis
del duelo, si lo habéis vivido así o pensáis que es diferente. ¡ Espero
vuestros comentarios ¡
jueves, 14 de enero de 2016
#1 Cómo debe ser un enfermo crónico
Empiezo este blog con una gran
pregunta que llevo mucho tiempo haciéndome (en concreto 16 años) y que no sé si
tiene respuesta.
Quienes me conocen dicen que soy
alegre, sonriente, extrovertida, perseverante, cabezona…pero también saben, no
porque lo vean sino porque yo se lo he dicho, que soy una enferma crónica. Por
mi aspecto nadie lo diría, ya que mi apariencia entra dentro de los cánones de “lo
saludable”, y además soy una persona coqueta a la que le gusta maquillarse y
vestir bien. Entonces, ¿por qué durante años nadie ha creído que estuviera
enferma? Y lo que es más grave, ¿por qué una vez diagnosticada y yendo en silla
de ruedas, todavía hay quien lo duda?
Los que me habéis conocido por micanal YouTube, sabéis mi triste historia. No ha sido fácil y más por culpa de mi buen aspecto y mi carácter. No soy una persona fácil de callar y muy directa, lo que me ha llevado a tener muchos problemas al tratar con los médicos, que ante su incapacidad de saber lo que me pasaba, ya fuera por desconocimiento o desinterés, me tachaban de nerviosa y daban con ello a la solución de todos mis problemas (¡qué fácil es juzgar para algunos!)
Durante años he tenido que
soportar mucho maltrato por no encajar en lo que se espera de una persona
enferma, pese a que los síntomas eran más que evidentes. Cuando se manifestaron
los primeros síntomas digestivos me quedé extremadamente delgada y estuve sin
menstruar, la solución fácil fue decir que padecía anorexia. Era el triángulo
perfecto, chica joven y con problemas alimenticios. Pero lejos de la
realidad, lo que había era una enfermedad mitocondrial que llevaba años dando
muchas señales que eran ignoradas.
Los comentarios de mi entorno
eran muy crueles y dañinos. Que si estás obsesionada, que si te cuidas
demasiado, que si eres hipocondriaca…que duro es que te claven esas flechas
envenenadas cuando estas sufriendo un calvario por dentro.
En mi primer ingreso
hospitalario, fue cuando más maltrato sufrí. Pese a tener una crisis con
mioclonias provocadas por una anestesia (su efecto suele ser muy dañino para
las patologías mitocondriales), el neurólogo que llevaba mi caso buscó la
solución fácil: como no le encajaba en ningún cuadro clínico que el conociera,
dijo que padecía un trastorno de conversión, vaya, que para el, ¡lo que tenía era psicológico!
Estando hospitalizada, incluso la psicóloga se extrañaba de mi buen humor “¿si no puedes andar, cómo es que estás tan tranquila?” me espetaba cada vez que quería. Aunque parezca mentira, los enfermos crónicos también sabemos guardar la calma, y yo estaba esperando que los médicos me dieran un diagnóstico y confiaba en ellos. Lejos de ocurrir, me dieron por perdida y me atiborraron de ansiolíticos, totalmente contraproducentes para los mitos (personas con patologías mitocondriales). Evidentemente no mejoré, pero me estigmatizaron como una enferma mental.
Tras muchos años y una gran
batalla, supe lo que me pasaba. Ya lo iréis viendo. Entonces llegó la silla de
ruedas y me convertí en el centro de las miradas. Lo llevo con mucha
naturalidad, pues la considero mi “medio de transporte”, me ayuda a tener más
calidad de vida y salir más de casa. Te acabas acostumbrando a las miradas
indiscretas, a la lástima de la gente, pero es más difícil acostumbrarte a la
hipocresía. ¿Por qué me juzgan por levantarme de ella? Me han llegado a decir
directamente que ojalá todo el que fuese en una silla de ruedas se levantara
igual que yo. ¿Cuál creéis que fue mi respuesta? Pues que debía ser una alegría
ver que aún puedo levantarme, porque puede que llegue el día en que ya no
pueda.
¿Tienen que ser todos los enfermos crónicos tristes, depresivos, apáticos y desaliñados? Yo creo que no, porque uno puede estar muy enfermo pero seguir siendo feliz, y puedes estar pasándolo realmente mal pero sacar fuerzas para arreglarte porque te sube el autoestima, si ese es el caso.
Pese a quien le pese, yo seguiré
sonriendo, ¡o al menos mientras tenga ganas! Igual que me maquillaré y me pondré
ropa bonita siempre que me plazca. Y seguiré siendo una enferma con una gran
guerra declarada al mal que me ha tocado sufrir ¡pero siempre con mucho estilo!
Y vosotros, ¿qué respuesta tenéis a la pregunta? ¿algún tema que queráis comentar sobre este post? ¡Espero vuestros comentarios!
Etiquetas:
Amistad,
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